miércoles, 7 de diciembre de 2011

LA NARIZ DE EUGENIA NAVARRO


Qué problema tenés con tu nariz, Eugenia, perdoná que te pregunte, pero qué te perturba tanto. Si fue verla y quedar prendado de su belleza eminente, sobreexpuesta; no te preocupes que no voy a meter a Quevedo en esto. Pero un poco me ofende que quieras tocarla, operarte. Es un crimen contra la belleza, contra mi devoción, si querés, y hablo de ella como de un ente autárquico porque vos la ves como un alien pegado a tu cara, un estropicio de carne. Es tu divisa, Eugenia, tu aerolínea de bandera, desde lejos se te conoce por ella; qué lavada, qué desierta imagino tu cara si tronchás su cornamenta, el palo mayor con todas las velas inflamadas.

Vos te dormías, te lo cuento porque ya no tiene importancia y quizá te sirva, y yo me quedaba un rato, apoyado en un codo mirando esa estatuilla viviente, pulimentada, el aire que elevaba tu cuerpo brevemente, que regaba tu sangre, entraba y salía por esa chimenea apenas siseando, alegremente, como por toboganes. En un arrebato de veneración llegué a besarla con suavidad, como a un pájaro que duerme. Cuán enloquecidos tendrás los espejos, Eugenia, cuán centrífuga tu cara, que nada de todo ello se resuelve.

Siempre renegaste de tu apéndice, no creas que no me acuerdo de las señales que dabas, pero nunca creí que llegaras a tanto. Rogá que no me entere quién es el cirujano que osó imaginar nomás privar al mundo de aquella usina de entusiasmo, qué no lo muela a palos rogá, sería un gusto caer preso por ese acto heroico.

Carretel dorado, Eugenia, tu recuerdo, entreverando su fina hebra en la cerrada trama del relato del aire, el tesoro que sin saberlo respiramos.

Está bien que era difícil besarte sin sacarse un ojo, pero no soy yo el que se queja, tu nariz me daba la sensación de estar todo en orden; qué quedaría del mundo que construí alrededor de ese concepto si volaras de su epicentro el campanario de las celebraciones dobles.

Juro que me gustaría burlarme de tu nariz, de tu obsesión por que desapareciera del plato talvez demasiado playo de tu cara, pero no puedo, la sola mención de esa posibilidad deconstruye mi mundo; y sin tu nariz ya no sería dable entenderlo, qué es esta mesa, qué es esta silla infinitamente incómoda en que me siento, qué es este cielo, la promesa de sol en las puntas de las hojas del mburucuyá de la ventana, qué soy yo en definitiva, Eugenia, qué carajo vengo siendo, y qué injerencia tengo en estas horas que pasan como dientes de sierra sobre mi cuello; tu nariz, no te rías, lo único que te pido es que no te rías de mí mientras lees esto, es el sol secreto de nuestro universo olvidado, el soterrado sol que me alumbra desde el fondo.

Quizá ahora mismo estés flotando en una nube de sopor mientras tu cuerpo, sobre una cama de latón, es sajado, como un rey chino, por los especialistas, profanado su objeto sagrado como una momia egipcia por los buitres de los museos.

Quisiera morir mientras duermo a despertar en un mundo sin tu nariz y verte pasar, algún día, con la cara inexpresiva y triste como una playa de estacionamiento vacía. Me gustaría tomar con una pinza, como a un insecto carnívoro el sitio en mi cerebro que guarda los bits de tu memoria, pero han de estar tan ramificados, tan en todo lo demás como un cáncer malo, y me sería imposible, luego, decir mesa, silla, cielo azul, sol, yo, sin que sonara absurdo; vivir dejado a los vientos como un vegetal lavable.

Por todo eso, Eugenia, sí, Eugenia, lo digo otra vez, tu nombre, como cuando leíamos juntos ese instructivo libro de Sade de que eras personaje: por todo esto, tres veces Eugenia, (…), ya ni sé lo que te iba a decir…por todo esto, Eugenia, bueno, sí, andate a la mierda.

lunes, 5 de diciembre de 2011

¿LOBO ESTÁS?


Para Ana, que salió airosa.

Nuestra Maud, nuestra bella Maud, subió a su bici y echó a andar, ignorante del revuelo en los corazones que provocaba su paso por la vereda y también del hecho de ser una criatura eminentemente bella. Iba rumbo a las imágenes, se proponía sacar unas lindas fotos del Paseo Ribereño.

El barrio estaba vacío, el equipo de fútbol local podía salir campeón ese día y todo mundo estaba en casa mirando el partido, de manera que no había un alma en la calle. Esto produjo en Maud (Divert, su apellido: Maud Divertida le decían en el colegio) un doble sentimiento de alegría y de inquietud. El paseo de río tenía muchos escondrijos y tras ellos podía haber un sin fin de peligros, aunque, en general, lo que había eran perros pulgosos durmiendo la siesta. El sol tocaba cada cosa despegándola como una calcomanía del papel de su sombra, el agua rizada duplicaba el mundo, el cielo era la imitación del agua y Maud pensó que todo era tan brillante como si apenas fuera la mácula irisada en la lente de una cámara más grande, imposible de ver; los rayos de su bici giraban de una forma armónica que la sombra proyectada replicaba con absoluta fidelidad: cómo dibujará tan rápido, pensó quizá.

La inquietud no desapareció por completo, se detuvo en el puente gris y disparó sobre todo, quería llevarse pruebas de aquella vaga plenitud: un perro mirando en dirección de algún sonido inaudible o un perfume fantasma, las grúas amarillas y rojas listas para ponerse a caminar como esas máquinas arácnidas de La Guerra de Los Mundos, el color imposible del cielo sumándose al rumor indolente del agua, el silencio que no era el silencio, y a sí misma, la bella Maud; quería dejar registro del aspecto que tenía su cuerpo en ese momento dado del que era única testigo, y acaso continente; algo de los sentimientos, también, de la inminencia del peligro, quedó impreso en el seño gatuno de sus ojos verdes, en el contorno castaño que fijó en la lente de la cámara digital, el cabello algo corto, revuelto, oscuro y saludable, cubriendo parte de su rostro amazónico al socaire de ese viento que corría libremente por aquel solar abandonado.

La sensación de peligro se hizo más intensa y ella desoyó, como solía, las alarmas, desestimó peligrosamente la posibilidad de que algo malo ocurriera en un día como ese, incapaz, por eso mismo, de pensar que ese sol que levantaba en vilo su alma como a un cuerpo extremadamente liviano, haciéndole cosquillas, había alumbrado, indiferente, cosas verdaderamente terribles.

Se sacó otras tantas fotos y al resto del mundo, a su alrededor, que parecía emanar de ella, como para que la calma de la actitud que adoptaba se transmitiera a las potencias siniestras que ocultaban los rincones, y desistieran de abordarla, volverse virtualmente invisible para ellas.

Todo ello se tradujo en tres niños que quisieron arrebatarle la bici y la cámara; consiguió, con cintura, sortearlos. Llegó a un puesto de prefectura, no para denunciarlos ni nada, ellos qué culpa tenían; sintiéndose en parte culpable, Maud la buena y bella Maud de nuestra historia, defendiendo su postura frente a una doña que pretendía que diera intervención a unos hombres armados, balas para los niños quería decir, látigo.

Ya en su casa, oyendo el ensordecedor estallido bélico de los hinchas festejando, absurdos, en la calle, la bicicleta quieta en un rincón como un caballo embalsamado, no iba a llorar, al menos parecía que no iba a llorar, pero entre las fichas de colores que se barajaban en su mente algo había cambiado; mirando las fotos no sabía qué pensar, mirando la luz que ya no estaba en los ventanales.

domingo, 4 de diciembre de 2011

BLANCA PRINCESA DE NÚNCA


“Blanca princesa de nunca

¡Duerme por la noche oscura!”

F.G.Lorca

Jugando a las adivinanzas con la penumbra de ese cuarto jamás habríamos dado con la clave de lo que allí dormitaba (dormía la mona) si es que uso la expresión correcta. A simple vista podíamos concluir que se trataba de una mujer descansando y nada más, un cuerpo desnudo, marmóreo, algo entrado en carnes; pero el expediente de extrañeza lo añadía esa especie de proyector en el espaldar de la cama, enfocado sobre ella; se veían en su abanico de luz, demasiado brillante, las partículas de polvo que no puede sino haber en el interior de cualquier morada habitable, y los hilos de titanio ciego de esa luminiscencia extremada parecían tensionarse y aflojarse no sólo siguiendo el movimiento torácico de su respiración, sino provocándolo como el fuelle de un respirador artificial. Y es que, preciso es decirlo, esa mujer (que jurídicamente no era tal) de carne de mármol, apetecible como una foca albina para cualesquier priápico macho en diez kilómetros a la redonda, estaba médicamente muerta.

Pero ahí no acaba el cuento, ni acá tampoco: qué nos quedaría sino callar respetuosamente al respecto y salir como intrusos de su ámbito de difunta; porque (siempre hay un por qué como hay un pero) ese ingenioso mecanismo lumínico enfocado sobre su cuerpo proyectaba las imágenes de sobrevida y aun, como veremos, animaba su cuerpo incluso para el amor, mediante un complicado sistema de cartuchos que contenían secuencias de imágenes para responder a casi cualquier requerimiento de la vida diaria de, como diría una propaganda de yogurt descremado, una mujer moderna- que no dista mucho, no vallamos a creer, de las faenas de una hembra medieval-. El sistema del respaldo era el de la noche, de día se calzaba un arnés a los hombros con un pequeño proyector que la rebañaba en la luz de su graciosa motilidad.

Había cartuchos operativos que le permitían hacer cosas como esa (cambiar de proyector), había a su vez un cartucho, vital, que era el de discernimiento (todas las grabaciones, porque también hay que decirlo, quien inventara el sistema-su nombre no será dado en este informe pues merced a un buen número de demandas tanatológicas preferiría mantenerse en el anonimato-utilizó a una actriz como modelo de comportamiento, filmándola durante años, endeudándose más de la cuenta, para registrar todas, o casi todas, las posibilidades de lo real) que le confería una especie de mediano arbitrio sobre sus propios sentimientos y alguna que otra toma de decisión respecto del cartucho a escoger. Las grabaciones a veces se empelotaban de tal forma que, en general, era una lotería aquello que su cuerpo haría después de tomar uno con sus bellas manos de uñas esculpidas (había muchos, muchísimos cartuchos de higiene personal que incluían abluciones, peluquería y maquillaje) la suerte, en general, regía su conducta, pero nada, al parecer, regía su suerte. Porque, he también de consignarlo, bastaba un segundo sin proyección para que su cuerpo cayera como una bolsa de papas cae, como una mujer a la que cortaran la cuerda de su ahorcamiento. La máquina proveía, para esta ilusión de continuidad, una doble cartuchera para que se incrustara (fea palabra) el nuevo cartucho sin sacar el anterior que, luego de proyectar conjuntamente su imagen, volviéndola doble, borrosa y superpuesta, salía expulsado con la tintineante, inopinada energía de un pan lactal de su tostadora.

La proyección de la noche culminaba con ella despertando, incorporándose con el pesado lastre, aún , como una Sísifo, de los falsos sueños que hubiera soñado y la instancia ineluctable de colocarse el arnés, ecajar el cartucho operativo sin salirse de la luz del espaldar mientras la nueva fuente levantaba su brazo para apagar el “velador”, desenchufar el cargador de su equipo para el largo día que le esperaba, esas inextensas horas de muerte.

El inventor, o fabricante (se trata de la misma persona) en un destello de macabro humor había grabado para ella, a la sazón, frases de conversación tales como: “al final del día termino muerta” o “lo que mata es la calor” o “qué pudrición”. Esas libertades sobre su condición divertían a las amistades de Patricia, habituadas a esa especie de steadycam que llevaba sobre los hombros, siempre y cuando fueran esporádicas, y de ello se había ocupado especialmente, ni lento ni perezoso, el anónimo fabricante, no se dijera de él que era un pesado, un ingrato y, aún, corto de imaginación; además de que sí era, como en efecto era, su intensión medular, que el prototipo tuviera éxito propagandístico, necesitaba que Pato (Patito/Paty) no aburriera a los convidados con bromas iterativas respecto de su naturaleza de semoviente occisa. La idea (el negocio en ciernes) era proponer a la gente (clientela incipiente, ignorante de serlo) que contratara sus servicios, estos tales consistían básicamente en proporcionar, durante cuatro o cinco meses un equipo de camarógrafos, libretistas, continuistas y un par de directores para que siguieran a la persona escogida por el cliente (podía tratarse del cliente mismo) durante el tiempo estipulado para que de allí saliera la materia prima de los cartuchos para su PLAYMOVIL, y con ello conferir, a su muerto preferido, una sobrevida si bien a la larga repetitiva, al menos más consoladora (quería creer) que la desaparición subitánea y terrena de su cuerpo. Necesariamente el repertorio era acotado, pero, más tarde o más temprano, el de los vivos vivientes también lo es, hay un momento en la vida en que ya no hay nada que decir que valga la pena, y darse cuenta de eso requería un cerebro más o menos lúcido, cuánta gente que conocemos no sabe que su tiempo de hablar se terminó, y cuán disfrazada de delicadeza está nuestra crueldad para no dárselo a entender, cuantos de nosotros seremos uno de sus desesperados epítomes.

Hoy tocaba para Patricia, con el arnés ya puesto, llorar sentada en la cama, la cara hundida entre las manos, desvanecida, estos programados arranques de tristeza eran una circunstancia inesperada que ocurría periódicamente. Era fuerte y se pondría bien pronto, y aunque esto dimensione mi crueldad, no le quedaba otra.

Para conversar con las personas Patricia utilizaba un cartucho “inteligente” que procesaba la información recibida y liberaba los sintagmas más acordes a la contestación esperada, o aquellos que propusieran un tema adecuado sobre el que departir en un ámbito tal.

Sí, ahora, extemporáneamente sonara el timbre ¿lo oiría?, la máquina, atenta a todas las señales eléctricas (y el prototipo estaba para descubrir y corregir todas la falencias de su funcionamiento, con cámaras que monitoreando hasta el interior de su inodoro) accionaría el cartucho inteligente que pertenecía a su disco rígido y Patriacia diría ¿Quién podrá ser a estas horas? Y contestará Ya bajo o simplemente fingirá no estar guardando silencio y quedándose inmóvil en su lugar para no ser notada.

A veces, no se sabía aún por qué, Patricia se tildaba ante el espejo, como una perdiz obnubilada, no bebía ni nada (la hidrataban preparados de vaselina y anticongelantes que ella misma se inyectaba con el cartucho de mantenimiento), su imagen, se diría, la desconcertaba: Esa soy yo, y esta quién es/ Esta soy yo, esa quién es, parecía decir alternativamente. En esa imagen del espejo las muertas eran dos, siento volver sobre el tema, pero falta un dato importante a los efectos de redondear este informe: la actriz de quién se habían “extraído” las imágenes que daban la ilusión de vida a ese cuerpo yerto, había muerto unos meses antes, atropellada en una bocacalle por un camión que transportaba desfibriladores. Su última línea, decían, fue un insulto que no iba dirigido a nadie en particular, sino, católica ella, al conjunto inextenso de la Creación y aún al mismísimo dios en que creía a medias.

El artefacto que nos ocupa se le había ocurrido al inventor leyendo por segunda vez una de sus novelas favoritas “La Invención de Morel”, aunque la actividad relacionada con la fabricación y la puesta en marcha de su máquina distara mucho de la magia de aquel lapso maravilloso cuya duración obedecía al reducido número de páginas del libro, él estaba satisfecho con haber hecho algo, lo posible, en esa dirección; de cierta manera se sentía un tipo afortunado-tal me lo ha dicho permitiéndome burlar, contándolo, la intimidad, apenas, bajo cuyo acuerdo accedió a las entrevistas- con un agujero en algún lugar que por cuestiones prácticas denominaremos con el abstruso apelativo de alma, al no poder besar a esa mujer de la isla, todos los días al mismo sol sobre la misma piedra, esa proyección hermosa y repetitiva de la máquina de Morel como una coincidencia mágica que se activaba leyendo un número determinado de símbolos impresos en letra de molde.

Tocaron efectivamente el timbre y se accionó la seguidilla de mecanismos de los que hablábamos (oh personería mayestática) más arriba. Quien tocaba, a esas horas, era Santiago, un novio de la actriz a la que el fabricante había vampirizado las imágenes de los cartuchos; uno de esos sujetos que no conseguían procesar los rechazos y construían alrededor de su amor inmensurable el fantasma horripilante de una relación que, unívoca, no era tal.

Ingrid, la actriz, lo había conocido en una fiesta; nada del otro mundo, no descollaba en nada, pero algo en su melancólico desamparo activó en ella el procedimiento de rescate instantáneo, y se lo llevó a la cama así como así, hizo de él lo que quiso, lo exprimió, lo dio vuelta como a una media, le inoculó en la tela tejida con saliva a su alrededor el veneno licuador de las preciosas atenciones y sus efectivos parlamentos, luego se lo bebió como a un licor espeso y acre, como a un vaso de sperma. El pibe quedó loco, salió a la calle dando vueltas como un trompo, se vieron durante unas pocas semanas hasta que ella, movida por el insoportable y decadente aburrimiento que siempre la asaltaba cuando quedaba presa en la chata trama del tiempo, le dio el esperable golpe de gracia.

Si bien se trataba de una perpetua actriz secundaria, él se enteró de su violenta muerte por la televisión, la imagen de su cuerpo espectacularmente aplastado por el camión de desfibriladores, el rodamiento de la masa encefálica sobre el macadán hasta los pies de una testigo que lloraba inconsolablemente para las cámaras, describiéndolo como un caniche mojado que se le acercaba pidiendo algo, un perrito decapitado, un cerebro sin patas, qué voy a hacer-decía-qué voy a hacer con esto adentro-se señalaba la cabeza, quería arrancar esos fotogramas siniestros que se le habían colado hasta el inextirpable archivo de imágenes de su memoria.

El amador eterno anduvo por la calle días enteros hasta salirse completamente de su sistema de hábitos para entrar en otra constelación consuetudinaria. Durmió entre los bojes de las plazas, comiendo de las bolsas de basura de Mc Donalds: hamburguesas con las recortadas medialunas de las marcas de otros dientes, complaciéndose, como de la propia crapulencia, en beber el agua dudosa directo del cordón, como hacían los perros, sus parientes. Andaba con una jauría de guachos que primero lo habían olido con desconfianza, se dejó identificar mediante una inspección exhaustiva que no dejó nada por olisquear ni por lamer; debió trenzarse a mordidas con un macho grande para que dejara de mostrarle todo el tiempo los dientes y exigiera de él prerrogativas especiales, además de sobre los alimentos que encontraba; muchas hembras le ofrecían sus vulvas hinchadas, listas, rezumantes, pero desdeñaba esas faenas, ya no podía querer a nadie, ni siquiera a la hermosa marroncita de ancas fuertes, que protegía al conjunto con su estampa matriarcal de hiena; Ella era la única que parecía comprenderlo y por las noches, cuando establecían campamento en sitios de los más dispares, lo consolaba lamiéndole las orejas, la boca de olor fuerte y rancio, y aun el sexo inerte con la dorada pupa de la última micción.

Ya no veía a la gente, ni siquiera a los chicos que le tiraban piedras como a la loca de Lautrèamont, eran configuraciones odorosas que se rearmaban en su mente como bultos de sinestesia y dolor. Hasta que, echado en un banco de la plaza, con los otros de su especie, se acercó nuestro prototipo, Patricia, y le pasó la mano por el lomo, sin hacer distingos, como el perro que era, y sus ojos se reabrieron, como dos bolitas de naftalina bailando en un meadero, al reconocer, nimbada por los reflujos solares, el rostro de su Ingrid sobre es cuerpo que olía a otra cosa, a manoseado maniquí de feria americana.

La grabación del cartucho de acariciar un perro sólo contenía esas dos o tres pasadas de mano a pelo y redropelo sobre el espinazo del animal, y para salir a pasear Patricia llevaba un bolso con todos los necesarios para el Viajero Ocasional y el Paseandero. Siguió su camino, mirando asombrada las margaritas de los setos (que en italiano querían llamarse perlas), saludando a las parejas que enzarzadas como pulpos se comían las bocas en bancos repletos de inscripciones, nombres de quiénes, abiertos con navajas automáticas sin prestarle atención a la demente saludadora. En general no muchos contestaban su saludo y aún menos le hablaban.

Santiago la siguió, volviendo a adoptar, con una lumbalgia horripilante, la vertical del homínido en los diagramas evolutivos que traían algunos libros de ciencia. Fue tras ella todo el trayecto hasta el edificio, como en un sueño, la vio desde fuera subir al ascensor y desaparecer hasta el último fragmento de la retrasada y grácil cinta encarnada de su escarpín.

Robó un jabón de lavar, se sumergió en la fuente del parque, se quitó la ropa que llevaba pegada, la fregó contra el cemento hasta que estuvieron decentes; La hiena madre lo observaba, las patas delanteras sobre el borde, con algo entre curiosidad y tristeza; El fingió no notarla, pero lloró un poco, que en ese contexto inestable y undívago y ácueo era nada, la vio, nublada, alejarse con su tropa de desencantados sintiéndose una basura, un ingrato. Se lavó a conciencia las partes, se afeitó con un vidrio de botella cortándose en mil lugares por lo tembloroso del espejo en que la imagen fiel de su ánimo se duplicaba. Su desnudez, por alguna abstrusa razón, parecía ofender a los hombres. Se lavó la sangre del rostro otra vez humano, se vistió con la ropa empapada.

Durmió en la comisaría con tipos que olían peor que los perros que se morían de algo, por la noche, de cualquier cosa. Uno le convidó una tuca y el humo apenas resinoso del paraguayo prensado se adhirió a sus bronquios y al corazón de viejas rientes imágenes que vivían confinadas, tiradas en algún rincón. Apoyó la cabeza contra la pared y lloró de gratitud, otro poco, mariconeando, gracias, viejo, dijo al pibe que había compartido lo único que tenía, la amabilidad de los hombres lo desarmaba, siempre le había pasado, querer odiarlos y después esto. Al pibe también se le llenaron los ojos de lágrimas (la puta que nos parió, dijo, hurtando su cara a la luz que venía de afuera, avergonzado, riendo para disimular).

A la mañana lo largaron, se despidió del otro con un abrazo cauto de hombres, lo del pibe iba para largo. Fue a lo de Patricia (Ingrid) tocó el timbre después de sonsacarle el piso al portero, era él quien páginas atrás tocaba, y ya bajo dijo la voz metálica de la grabación a través de la rejilla de bronce.

Intercambiaron un par de palabras, el diálogo entrecortado de los confundidos, los que caminan sobre huevos podridos. La máquina adoptó el modo confiado, merced a que a pesar de los titubeos del chico, la familiaridad con que le hablaba sugirió al cartucho inteligente que conocía a la mujer de la filmación y hasta era muy probable, concluyó el programa, que estuvieran saliendo cuando las imágenes fueron tomadas, esas horas largas durante las que ella se alejaba dejándolo un poco huérfano cada vez. Él observó su cuerpo y a la máquina en la plurifacetada imagen que ofrecían las paredes espejadas del ascensor en que subían, oía el zumbido del mecanismo lumínico, se vio a sí mismo mirando. La voz de chicharra a la hora de la siesta que salía de la boca de ella, ofreciéndole asiento o algo para tomar, no consiguió arredrar las flamígeras erupciones de su corazón, sagrado de verla, la irredimible materia que hacía su forma.

Se sentó, bebió lo que fuera que le dieron, con los dientes congelados, sin dejar de mirar un segundo a la rediviva, asombrado pero confiando en esa facultad de su alma como en tantas otras de que era capaz el milagro de las relaciones con humanos. Sin muchos preámbulos, pues en la básica composición de la inteligencia supuesta del mecanismo se había resuelto que Santiago, tal como se había presentado, venía para eso, ella se quitó la ropa, la proyección de sus prendas, sustituyéndolas por un baño de luz desnuda. Tomó el cartucho que rezaba “IN PURIBUS” escrito con marcador negro sobre la etiqueta blanca, lo colocó en sus sitio y la máquina escupió el otro accionando un resorte. Se sentó en la cama, separó las piernas, expuso un sexo de onduladas pálpebras apenas asimétricas , y un clítoris del tamaño de una falange que santiago reconoció al instante, y una peluca prolijamente recortada sin dejar de ser profusa, semicircular como el dial de una radio vieja que transmitiera desde sus crines pubis, el vientre un poco abultado (almohadillado) para resistir los embates de un macho necesitado como él, cuya biología comenzaba a responder a la visión de aquella concha sobrenatural como se esperaba de ella.

Los brazos de Ingrid (Patricia) lo invitaban a subir a bordo, a constreñirla con la fuerza de esa fusión imposible de todos los tiempos, apenas la momentánea alógena soldadura de la fruición.

Realizó, Santiago, su labor, desde fuera talvez un poco maquinal, desde su lugar sencillamente epifánica, y se echó de lado, ahuecado y exhausto. Ella había estado helada como un pulpo de mármol, como un riel de escarcha; había besado su boca, había mordido su labio para que reaccionara. La certeza que inundó su inteligencia en lo alto de la ola venérea que lo transportaba era ahora indeleble, no podía comunicarla, pero embarraba sus ojos desde adentro, aquello era peor que perderla, peor que que se hubiera muerto.

El inventor, desde su sala de monitoreo tomaba debida nota de los resultados del experimento romántico, muchos tornillos que ajustar era lo que decía el movimiento doblemente lateral de su cabeza al contarmelo.

Santiago siguió viniendo de vez en cuando a reconvencerse, y era siempre la misma infalible decepción. Con el tiempo se limitó a seguirla, a contemplar sus movimientos habituales, reconocibles, pero extraños, afectados de cierta dosis de falsedad, la forma en que apretaba la fruta en el mercadito, la de sonreírle a los vendedores de zapatos y de mirarse coqueta en cualquier superficie reflejante. Sólo para remover el serpentario en que se había transformado la tesorería frágil, fragilísima de su memoria parecía hacerlo.

Se quedó mirando cuando al cruzar la plaza desierta el fantasma de Ingrid fue asaltado por la jauría que fuera suya, los vio desgarrar su carne como telas podridas, los conservantes la habían vuelto incomible, inmunda, así que los perros se limitaron a desensamblarla, a desguazar el cadáver de Patricia.

Santiago vio, a su vez, que la hiena, al margen de la operación que había dispuesto lo miraba, fue apenas un encuentro de sus ojos, un remedio insano, un esclarecimiento impensable y una purificación de su propio fantasma en la tierra.

El holograma de Ingrid sin asidero vibraba un poco en el suelo desde la máquina caída, se proyectaba en lo lomos de los animales buitreros, caminaba, saludaba, sonreía, sin dirección.

jueves, 1 de diciembre de 2011

martes, 29 de noviembre de 2011

KARAOKE


No son todas las palabras palabras las que tengo que repetir, y no sé por qué tengo tengo que repetirlas; hay como una ley secreta que gobierna gobierna las, muchas veces, molestas duplicaciones. Pero pero ese no es el asunto, aunque los más grandes se impacienten y desde tiempo inmemorial hayan tratado de arrastrarme psicólogo tras psicólogo, y a clínicos y a foniatras (raro que las especialidades médicas estén exentas de las DOBLES) por supuesto sin éxito, no tiene nada nada que ver, es una necesidad misteriosa hasta hasta para mí, y sé que soy, de alguna manera manera un benefactor de la humanidad, cumplo una una función si se quiere mágica. Las palabras son representaciones simbólicas, como los bonos del tesoro o los billetes billetes de curso legal, y las pulsiones y las cosas que representan son su hiperbóreo respaldo en oro oro en la bóveda de un dios, digámoslo, bastante desacreditado. Entonces entonces, estoy improvisando un razonamiento, la duplicación duplicación lleva a cabo el cometido secretamente acariciado por muchos muchos (entre los que me cuento) o por todos todos (entre los que ya no diría tanto) de la falsificación:esa facultad de duplicar virtualmente hasta el infinito nuestra capacidad de gasto, de adquisición.

La cuestión radicaría en saber cuál cuál de las palabras (si la primera que digo es la original y la otra su mera repetición o o si la original es la segunda idéntica y la primera no es otra otra cosa que su anticipación, su propiciación, su presciencia) cuál, digo, carece del áureo respaldo y por tanto se transforma en la ficticia, falaz falaz o aun en la mentirosa (sinonimia Larousse) y cuál sería la utilidad de saberlo, porque sé que no es, aunque intervenga el azar una cuestión aleatoria.

Palabras coevas sólo al final de la frase frase , una de las cuales no cumple la función de la otra aun siendo siendo idéntica. Tengo que hacer un esfuerzo demasiado grande para depurar de ellas las líneas de mi discurso y nunca nunca sé si dejé fuera las falsas o las verdaderas verdaderas.

En los sueños es más fácil reconocerlas, o diferenciarlas porque son, representantes ellas mismas, representadas por diferentes estereotipos de fantasma, en general agregados barrocos como esas enormes ballenas ballenas del Mar de Behring, llenas de cristales de cuarzo en el lomo, fomaciones formaciones facetadas que refractan la luz, la descomponen con sus infinitos encajes de cuarzo cuarzo negro.

No crean que no sé que estoy guitarreando, yo no sé sé más que ustedes, en realidad abrí el micrófono micrófono para cantar algo de “Tachame la Doble”, esa bonita banda charrúa, pero bien puedo puedo contarles sobre mi Bolita de Las Mil Maravillas: una vez arranqué una flor, que no no sé ni como se llama, de la entrada de una casa ruinosa de mi cuadra, y con la flor se vino, merced a lo suelto suelto del suelo, la planta entera, y entre sus raíces expuestas estaba estaba La Bolita de Las Mil Maravillas en cuatión, la lavé con saliva y resultó la más linda que hubiera visto visto jamás: transparente como el agua, sin burbujas, y portadora de unos derrames de humo quieto anaranjados en su interior. Jugué todo el día con ella, olvidándome olvidándome hasta de comer y sobre todo de la flor para mamá, la belleza de la bolita excluía de del panorama de mis actividades todos los temas que no fueran ella. Fui derecho al baño al llegar para evitar evitar el “mirá la mugre que tenés”, me quité la cáscara de todos los juegos, comí sin saber y me fui a dormir dormir. En mitad de la noche, más o menos (tengo una tía que dice “maomeno”, y ¡me da una envidia!) me despertaron unos “extraños resplandores”, como diría una novela de aventuras, y petardeos. Abrí los ojos (“jojoh” diría la suertuda de mi tía que habla habla como quiere quiere) y sobre la Bolita de Las Mil Maravillas (sólo entonces entonces descubrí que lo era) se abría en abanico, con eje en ella, todo el espectro de las luces de ese día, reconocí sus variaciones, sólo que iban de las más oscuras hasta las más obnubilantes, ví borroneado el banco verde de la plaza, chicos jugando a la pelota sobre nubes de polvo polvo en el fondo de la imagen, me ví a mí mismo primero jugando con algo que no alcanzaba a verse verse por que aquello con lo que jugaba era lo que absorbía las las imágenes y luego surgiendo a la claridad con la planta en la mano, dejando la bolita en las raíces, en su secreto otra vez, y la oscuridad al depositar la planta en el pozo de tierra suelta, todo doble, duplicado pero al revés. Quizá acaso demasiado parco parco y huyente público, que aguardan su turno para cantarse alguna cosita divertida y tonta, yo no sea mas que facsimil de aquel revertido niño de la imagen imagen que está nada más que para contar el cuento cuento ( esta última estuvo de más, la puse de vicioso.) y poco más que cerrar de una vez la boca antes antes de que me alcancen los hombres de seguridad…los quiero quiero, chau, un saludito para para todos los que me conocen…

jueves, 24 de noviembre de 2011

LA ROSA MASTICABLE


Hasta el instante de sacudirme Lorna había estado soñando despierto, en la perezosa roja, con una piedra caliente en la mano-la había recogido del pasto, cundida por el sol quemante de la siesta, y, aún después del sueño, conservaba algo del calor que rápidamente, como un perfume, se disipaba-Qué, qué, fue lo único que alcancé a decir, sin poder ocultar el fastidio de que me arrancaran, como un fruto promisorio y aún verde, de mi ensimismamiento.

Ese es el perro, dijo Lorna señalando con su dedo largo, acusador, de uña prolija, corta, que ahora brillaba tímida, opacamente saludable y que alguna vez, de chica, había cubierto de pétalos de malvón rojo-increíble para que pareciera pintada, esa y las demás, según atesoraba ella el recuerdo, e intentaba transmitirlo para que conociera algo de la etapa dorada, inimaginable, del tiempo previo a que nos conociéramos, su paraíso perdido, salvaje, de uñas pintadas; el recuerdo, indirecto, ascendía por el aire, frente a mi nariz, en espiral, como el viento acarrearía, según la leyenda personal de mi novia, el falso esmalte de sus uñas, como aún perdía calor la piedra.

Qué perro, pregunté sabiendo que era estúpido, veía UN perro, pero quería saber de que carajo me estaba hablando, con qué se venía ahora…

El que se come las rosas, Gabriel, dónde estás…

Recordé vagamente algo sobre un cierto perro lotófago, pero pervivía en los destellos eléctricos de mi memoria, en descargas erráticas y extemporáneas, y podía tratarse, en igualdad de rangos, de hilachas de un sueño tenido cuándo, de algo leído en alguna página perdida de un millar de libros de los que apenas conservaba algo, o pura imaginación instantánea, o nada de eso y todo lo contrario, cómo podía saberlo, así, de sopetón, podía ser, como era, una preocupación de Lorna (prefiero usar su nombre que llamarla novia o mujer, aunque a veces se me escape, o caiga en las trampas de las convenciones)

Ah, el perro, dije por decir algo, ¿qué querés que haga? ¿Qué lo corra?, era un perro como cualquier perro, y estaba ahí, a diferencia de otros que no estaban, estacionado mas que parado, sus ojos parecían de un vidrio pegajoso (como frasco que tuvo miel) y nos borraban completamente del paisaje: había el fondo del jardín, el nogal mecido por una brisa tímida, la perezosa roja, la lona liviana que ondeaba como queriendo librarse de los clavos con que mi abuelo la había fijado a los listones como una mariposa -ese abuelo que al fin, como una trufa gigante y secreta, se descomponía ocioso en su tumba- el banquito con las cosas para el mate, los libros, los cuadernos, las hojas dibujadas sobre las que el viento de vez en cuando tenía alguna conquista, pero nadie, nadie había o parecía haber para ese perro que quería ser de cerámica estacionado ahí.

Levanté la piedra para asustarlo y no se le movió un bigote, no pestañeó siquiera, Dejalo en paz al perro, dije, no le hace mal a ninguno….

Se come los rosales de tu abuela, Gabriel, no de la mía…

Qué manía, Lorna, la de engastar mi nombre en cada frase, si hubiera mucha gente, todavía, pero descontando al perro estábamos solos y quería decirle que los rosales ya no existían porque mi abuela, sí, la mía, ya no existía; estábamos ahí, en la casa de los veranos infinitos de mi infancia (qué poco y qué falsa me suena esta palabra para definir aquello) para ultimar los arreglos para la venta de todo aquello que se había soltado de la órbita de su protección al morir ella; los rosales y mi abuela habían estado unidos por una relación íntima, simbiótica e incomunicable y esas criaturas retorcidas, quebradizas, anquilosadas que veíamos a los costados del sendero de baldosones, podían escupir de cuando en cuando una rosa anaranjada, blanca o roja, pero de ninguna manera llamarse SUS rosales.

Esta noche me quedo fuera, dije, para ver por dónde se mete (tenía ganas de decir se dentra)

A mí me da miedo, miralo, dijo ella.

Se le ven las costillas, Vida, es un cusquito sin nadie que le pase la mano por el lomo, como decía el poema, no creo que pudiera, aunque quisiera, hacerle daño a nadie…

La piedra en la mano, ya a la temperatura de la sombra de la nuez, me recordó lo que había estado soñando, distante, con los ojos abiertos y enmielados, como el perro ese estacionado: el tipo al que había llamado padre cuando era chico, el hijo de la abuela que regaba los rosales, caminaba delante, no se trataba de un ámbito definido, era al aire libre, la orilla de algo; yo le pegaba en la nuca con otro algo, o ese mismo que llevaba en la mano, el duplicado hipnagógico de esa piedra que había sostenido el tiempo que duró el sueño y más allá también; el tipo caía hacia delante, el pelo empapado de sangre oscura como el Kero, era algo que tenía que hacerse y yo lo sabía bien; las sacudidas de Lorna evitaron que acabara definitivamente con aquello que tenía que hacerse…lo que me rompe las pelotas de los sueños, es ese airecillo psicologista que queda en la boca al contarlos, o en la inteligencia, como si la intensión hubiese sido en realidad torturarles un significado, acusación falsa en mi caso.

Tarde, después de cenar en la mesa de mis abuelos, alimentos cocinados en sus sartenes y sus ollas y puestas en esos platos desconchados de una forma familiar, como las arrugas de la mano que veo mientras escribo de estas cosas, un día después de todo, bajo la misma nuez, entonces oscura, apenas visible en su trasfondo de estrellas, me fumo un Tickson (como lo llamaban unos amigos de otra vida) sentado en el banco de azulejos partidos que antes había en cada casa. Sin haberlo notado estaba siguiendo desde hacía un rato la labor de masticación del perro flaco, amarillento, ebúrneo de luna, junto a las rosas. Comía lentamente, con ausente delectación, había un cierto perfume que la trituración que sus muelas apenas audibles hacían con los pétalos, liberaba en el aire puro, purísimo, de la noche.

Cuando el canuto me quemó las yemas lo tiré entre unas dalias sombrías y hermosas del cantero, contemple la extinción de su brasa que tardo lo que el led de un aparto desenchufado en apagarse.

Extemporáneamente corrí hacia el fondo, profiriendo gritos aterradores, con la misma piedra asombrosamente en la misma mano; el perro comenzó a correr antes de saber muy bien qué pasaba, había estado soñando despierto, mientras con delectación ausente masticaba las rosas de mi abuela. Salió por un agujero en al alambre, invisible tras el laurel.

Seguí gritando un rato, riéndome, riéndome como un chico, no podía parar de reírme, ni siquiera cuando vi asomada a Lorna por el mosquitero de la casa, con un plato en una mano y un repasador en la otra; lo cierto es que no podía parar de reírme, era algo que tenía que ser, reír hasta que todas las estrellas parpadearan al mismo tiempo.