sábado, 17 de diciembre de 2011

NI EL AIRE LAS DESPIERTA


(Para Laura, mientras sueña)

Cuando Laura me cuenta, a través de la ligustrina, su sueño de las mariposas amarillas, qué tengo que hacer: ¿permanecer en silencio?, ¿soñar con ella?, ¿intentar verlas revolotear desde los mismísimos sintagmas de su discurso?; hago eso y mucho más, precisamente porque no sé qué hacer; observo, por ejemplo, cómo resurge ella de la tristeza que la aqueja hace unos días y cuya causa, por supuesto, no he indagado; cómo parece, otra vez, mientras me lo cuenta, la que yo quisiera que fuera siempre.

El día la reanima, eso sí lo sé, yo, que no soy más que un buen vecino (o eso pretendo) y acaso un poco su amigo; la veo irse con su hijo a juntar moras al parque, o volverse chiquita en la perspectiva de fuga de nuestra calle, y me quedo pensativo y un poco melancólico, como al final de alguna de Chaplin. Lo cierto es que las mariposas, las benditas mariposas amarillas no me abandonan por el resto del día; siento que Laura se libera de la carga de llevarlas pegadas en los ojos, bajo la lengua, en los bolsillos de las bermudas o flotando en el plato de sopa que precede, casi siempre, a las comidas verdaderas y me deja todo el fardo a mí, que soy un hombre, no diría gordo, grande más bien, corpulento, y me alcanza y me sobra con tener que llevarme a cuestas a cada sitio al que pretendo ir; tengo ese aspecto de zafio granjero norteamericano, un poco adventista, y este, nuestro pueblo bonaerense favorece el símil. Laura, en cambio, es delgada como una náyade, y su nariz un prodigio de la naturaleza (nunca se lo dije, ni se lo voy a decir, para que no recaiga sobre ella la arruga desfiguradora del envanecimiento, pero tengo en mucho su nariz) que hace fosforecer de envidia a las estatuas de la estación de trenes, por la noche; lleva el pelo suelto o en dos trenzas muy largas a los costados y tiene tatuada en toda una pierna una enredadera de flores rojas que parece echar raíces donde apoya, más de unos segundos, su pequeño pie. No sé si contribuye esta semblanza a los propósitos, si es que los hay, del relato, que cuente estas minucias que sólo a mí y a unos pocos más nos importan, pero, sendo sinceros, no es mucho más lo que sé de su vida; soy su vecino, y, ya lo dije, en lo que me toca, su amigo, pero mi curiosidad no pasa de la puertita blanca que da a su patio y sólo recojo lo que me cuenta, cuando salimos a la mañana temprano, casi al mismo tiempo, a ver en qué condiciones están los augurios meteorológicos del cielo que nos cubre: nos saludamos y sin dejar de mirar para arriba y en lo lueñe, me cuenta, casi siempre con las mismas palabras su sueño de las mariposas amarillas.

Laura es eminentemente rockera, vive con mucha gente en una antigua casona que fuera casco de una vieja estancia de épocas más prósperas que enriquecían a unos pocos, y es la suya una especie de familia en la que siempre están agregándose nuevos miembros, su ocupación favorita, además de lo estrictamente pecuniario (hace unas regias empanadas de carne cortada a cuchillo en la pizzería de la Plaza Principal y unas de humita para chuparse los dedos, tiene una mano bárbara para las empanadas y por eso y para verla trabajar, voy seguido al boliche, y pruebo mi buena docena mientras apuro una ginebra ) es la fotografía, siempre anda con la cámara al cuello, sacándole a una puesta de sol, a un yuyito y más que nada a su hijo, de quien son, en general, las fotos que me muestra. También hace retratos de sí misma, y le da vergüenza enseñarlos, pero, tengo que decir, que entre el montoncito de las que me arrima al cerco rumoroso de avispas, siempre alguna se cuela, queriendo o sin querer y veo en la concentración de su autofoto la tristeza de estos días, latente, imbuida por el atorbellinado entusiasmo que es su esencia.

A pesar de todo, y como el sueño de las mariposas es casi lo único que compartimos (yo creo que no está del todo despierta cuando me lo cuenta, es de trasnochar o seguir de largo (la rockerita) y no estoy seguro de que sepa que todos los días me dice lo mismo) yo lo acepto y casi lo espero, porque, quiéralo o no, he asumido una rara responsabilidad de vecino con su hijo y con ella, y porque la atención que le presto, limpia de polvo y paja, y nueva como una hoja intacta, cada día, para que ella escriba lo que quiera, es una de las formas, por qué no, que adopta el cariño que les tengo.

Miro las vetas de pastilla Refresco del cielo chivilcoyano al amanecer y escucho una vez más las mariposas que ningún viento será capaz, lo que queda de este día tan bueno como cualquier otro que promete ser precioso, de despegar de mi ropa, ni aun la última de ellas que quede prendida, porque sé la forma en que se agarran de las fibras, conozco sus patitas vellosas y he visto la ausencia inteligente que se refleja en la plateada oscuridad de esa mirada extraterrestre que intentan ocultar, como la mano del gaucho la flama del mecherito que enciende su cigarro, con los más puros pigmentos de la tierra.

jueves, 15 de diciembre de 2011

VIOLÍN EN BOLSA


Lo que extrañó del nuevo vecino, cuando lo vieron bajar del auto estrafalario sobre el que, en una pila inestable, como un paquete de galletitas mojadas o mil platos en la mano de un mozo ebrio, traía todas las cosas de la mudanza, fue, no sólo la cantidad, sino el increíble volumen del pelo que cubría su cabeza: hacían cincuenta grados a la sombra, los pelícanos se cocinaban en el aire y caían listos en los platos de los hambreados que agradecían sin levantar los ojos del plato ni cerrar del todo la boca; el agua se evaporaba del vaso antes de llegar a los labios y el tipo tenía una virulana afro, del tamaño de un planeta pequeño o una pelota de playa septentrionándole el cráneo; y no parecía molestarle en absoluto, porque bajó, uno a uno, los muebles de la parrilla del auto sin que se le cayera una sola gota de sudor ni ponerse colorado: su piel pálida, acaso olivácea, como enferma, continuaba lisa, seca y estable, como la de un cadáver holgazán, después de realizada la mayor parte del trabajo. Saludó con cortesía a los chicos que fueron animándosele ante las pruebas, bastante irrefutables, que la repetición de sus idas y venidas, ofrecía respecto de su pacificidad y aún de su inocencia candorosa. Cargando una pesada mesa, él solo, saludaba con una media sonrisa en los labios, (sólo habría podido calibrársela con un micrómetro), a esta manga de hermosos pendejos que se empujaban entre sí, incrédulos, y se reían salubérrimos sin hurtarle los ojos. Le parecía agradable la compañía espontánea de esos vagos naturales y volvía a saludarlos cunado retornaba, casi ingrávido, como flotando, sin el lastre de un sofá de dos cuerpos o una cama de una y media plazas que llevó verticalmente, un instante antes, haciendo gala de una fuerza y un equilibrio prodigiosos.

Lo que acabó de arrobar a los niños, de disponerlos para siempre a su favor fue ( y ni hablemos del robo que impidió, digamos sobre eso nada más que la señora Aksarlian, del timbre G, casi la última puerta, vio volar sobre su cabeza un enorme pez de cerámica, esmaltado en un naranja brillante, que fue a estrellarse en la nuca del descuidista que ya había ganado, a la carrera, sus buenos ochenta metros de cuadra) que Juan Chivo, a diferencia de todas las demás personas que, poseyendo un automóvil, o bien lo dejaban estacionado dónde podían o alquilaban para él un garage con más comodidades de las que gozaban en sus propios cubículos de vivienda, comenzó a desarmar el suyo empezando por el paragolpes delantero, y desguasándolo hasta el último tornillo de la última rueda, llevándoselo para adentro, al interior de su nueva morada. No podían creer lo que veían, este tipo era el paraíso en persona, lo que había hecho era el colmo de lo práctico, tan improbable que daba la vuelta entera al árbol de la lógica, maravilloso y práctico era. Sus padres, durante las distintas cenas en las que el ejército de niños se veía, por causas etarias y de sangre, repartido, no vieron aquello con los mismos ojos; lo menos que dijeron de él, sin haberlo visto en sus vidas ni aún haberlo conocido, sólo valiéndose de los datos que sus hijos, confiados y divertidos, les proporcionaran, , fue que se trataba de un loco o de un pelotudo importante, una de dos, como les gustaba rematar esas sentencias, generalmente, irrevocables. Los chicos supieron, cada uno por su lado y después todos juntos, del abismo insalvable que los separaba de sus padres, esas criaturas abombadas, incapaces ya de preocuparse por comprender, y decidieron, sin someterlo a votación ni nada que se le parezca, tácitamente, callar todo lo referente al extraño, que los tenía, como a estúpidas gallinas, hipnotizados.

Por las tardes él se sentaba en la vereda, a la vista de todos, con la espalda contra la fachada del conventillo y hacía para ellos, con una jarra de agua jabonosa y la pipa de caña que siempre estaba fumando, hermosas burbujas llenas de humo, igualitas al ojo con cataratas de la señora Nélida, que flotaban brevemente en el aire y se reventaban en sus pelos, sus narices y sus bocas, liberando, como un beso, el perfume de aquel sujeto al que era injusto ya llamar un extraño; o hacía llover con dos palabras que siempre eran otras, no valía usar dos veces las mismas y no podía enseñárselas porque sólo diciéndolas él, al azar de su imaginación, cumplían esa función pluvial; o atraía a las palomas que se pasaban la voz hasta zonas remotas de la ciudad y acudían de a miles al abarrotado plátano que levantaba las baldosas de la vereda con las manos nudosas y crispadas de sus raíces, para escuchar las tristes y extranjeras melodías de Juan Chivo, fabricando a su alrededor el campo de fuerza de su silencio de personas educadas; hacía también gente o animalitos de papel plegado que, al desdoblarse, representaban, en las baldosas calientes escenas en movimiento, faenas complejas y coordinadas que se producían cuando ya parecía que no harían más nada: una, por ejemplo, implicaba a una vaca que movía la cola en su corral y se inclinaba a ramonear un poco de pasto de flecos de papel satinado, cuando menos lo esperaban, del rancho junto al corral salía un chacarero con un balde también de papel en una mano y una banquito en la otra, caminaba como un pequeño robot (técnicamente lo era), entraba en el corral se sentaba en el banquito y realizaba, como tomando las diminutas ubres del animal, la maquinal tarea del ordeñe. La vaca movía su cola hasta sacarle el sombrero, el chacarero miraba el cielo en busca de las nubes que propiciaran la lluvia, como si esperara que Juan Chivo, ya que los había creado con los infinitos dobleces de su gracia, hiciera llover para él. Otra escena era representada por una señora que compraba naranjas, un perro meaba los cajoncitos perfectamente diseñados, el verdulero lo corría con un palo y la mujer aprovechaba para agenciarse algunas frutas gratis, como si planeara una ensalada para esa noche. A veces, un viento inesperado derribaba los pequeños teatros y las figuras se deshacían en torbellinos como molinitos girando. Los chicos reían como si hubiese explotado en sus bocas el triangulito de una felicidad permanente y pirotécnica. A la hora de la siesta bailaba la sombra de los plátanos, bamboleando la enormidad de aquella peluca suya (eso lo supieron después) aplaudiendo y saltando, procurando no tocar los radiosos intervalos de insolada vereda y a veces, tanta era su dicha, bailaba llorando.

De mañana salía en cueros, con una malla, un toallón rojo y blanco, a lunares y una gorra de látex que apenas lograba comprimir su pelambre, se iba, taciturno, a la pileta municipal; nadaba durante horas, uno de los chicos lo había visto durante un partido de fútbol en el club, a veces pasaba largos minutos bajo el agua, excitando su corazón, temiendo que Juan Chivo fuera a morirse justo ese día, teniéndolo por testigo nada más que a él, y emergía de repente, como un delfín en alta mar y volvía a sumergirse describiendo el arco perfecto que los geómetras se morían por formular.

Lo de la peluca lo supieron cierta vez, mientras lo espiaban por la cerradura de su puerta, ellos consideraban que no era del todo leal lo que hacían, teniendo en cuenta que él nunca ponía llave y los tenía formalmente invitados a pasar cuando quisieran, como Panchos por su casa, habían sido sus palabras, pero los padres, con ese poder omnisciente y tiránico del que no gozarían por siempre, se los tenían prohibido, temiendo no se sabía muy bien qué cosas que musitaban, entre dientes. Lo vieron sentarse extenuado en su sofá, los que veían lo relataban, quitarse la peluca, acicalarla concienzudamente, como hacen con sus redes los pescadores, acariciarla, darle agua de beber en un recipiente y en otro algo para comer. La peluca rodó un rato, apareciendo y desapareciendo del horizonte de acotada visión de los curiosos y pareció dormirse, luego de encontrar una posición propicia. Pero eso no fue, ni lejos, lo más extraño que vieron esa vez: en lugar de orejas, en la cabeza perfectamente calva de Juan Chivo, se implantaban unas coquetas agallas de escualo, que se abrían y cerraban al ritmo de su respiración dual. Esto tampoco se lo contaron a sus padres, esto menos que ninguna otra cosa, sólo faltaba que lo tildaran de monstruo. Un poco se asustaron, pero cuando lo vieron llorar con la cara entre las manos abiertas, debieron irse corriendo para que no se escuchara su propio llanto.

El menos borracho de los padres decidió indagar al notar la perturbación de su hijo durante la cena; la ocultación de un secreto puso al descubierto otro, acaso menos verdadero, y el niño confesó cualquier cosa respecto del extraño ¿Te tocó?, preguntó el padre ¿Dije que si te tocó, carajo? El nene asustado con tanto golpe de puño a la mesa debió haber hecho que sí con la cabeza, sabiendo que cometía un error, porque el padre derribó la silla al levantarse, salió de la casa y reunió a todo aquel que se cruzaba en su camino, difundiendo la supuesta noticia: dispuestos a creer lo que fuera lo vecinos, que no tenían nada que hacer, hicieron causa común con él, tiraron abajo la puerta de Juan y lo lincharon a conciencia, lo dejaron casi muerto de la paliza, le rompieron todas las costillas y una más y si no siguieron hasta matarlo, cebados por la sangre como estaban, fue porque apareció un policía (otra institución familiarizada con el perfume del rojo cruor) en medio de esta fiesta popular.

Esa noche, en la calle, no sé sabe cómo, ni, roto como estaba, sacando fuerzas de dónde, Juan Chivo ensambló, no su auto, sino una especie de helicóptero barroco, con las mísmas partes y se fue volando, como vino, tan subitáneamente.

Los muebles que dejó fueron quemados más tarde ese día, por los vecinos, en el medio de la calle cortada, entre las cámaras de televisión y un puesto de choripanes ad hoc

miércoles, 14 de diciembre de 2011

GALLITO CIEGO


Ya había marcado al azar el número de veinte, treinta o cuarenta mujeres de la guía, y, con la mayoría, la conversación había sido lacónica y cruenta: Hola?/ Estoy triste, enfermo de tristeza, incurable/ Quién habla?/ Te necesito/ Pero, quién carajo habla?/No me trates así, no lo merezco…y entonces, o le cortaban sin insultarlo, o lo insultaban antes de cortarle; pero nadie, ni una sola, había sentido piedad, o al menos curiosidad, por la aflicción del extraño.

Algunos números no correspondían a un abonado en servicio, en otros no contestaba nadie, o se habían mudado; en uno se trató de una nonagenaria muerta hacía una semana, lo supo por un sobrino nieto de la occisa, que estaba parando un tiempo en ese departamento y tenía voz de asustado, como si hubiese pasado la noche acosándolo su fantasma. Quiso decirle que estaba triste, pero se contuvo, tenía que ser una mujer, era la regla, además de que sólo las mujeres, imaginaba, podían resolver la tristeza que ellas mismas provocaban; un sentimiento nómada, que conducía al insomnio y la anemia. Hacía días que se le revolvía el estómago al primer bocado, tenía taquicardia y vivía nervioso, desesperado, al borde, trillado, de sus lágrimas. Alguna vez, la imagen de gritar arrancándose mechones de pelo de la cabeza y correr denudo por la avenida que bordeaba, de cabo a rabo, la ciudad, representó para su mente un soporte bastante aproximado de los sentimientos que lo embargaban como a un inmueble en esos instantes, no eran eso exactamente, pero se les acercaba bastante.

Cerró la guía, volvió a abrirla en cualquier parte, siguiendo el procedimiento aleatorio que se había impuesto -ya le había sucedido, increíblemente, llamar dos veces a la misma persona- y poniendo un dedo ciego en algún punto acertó con el nombre de una mujer (muchas veces sólo había una inicial, o dos, después del apellido, y no llamar, no cerciorarse, le dejaba la sensación de haber perdido una valiosa oportunidad, de, por ejemplo, cambiar su existencia, volverla otra, mejorar: creía en sandeces tales como “el amor de su vida” o “ el que busca encuentra”, cuando la realidad le enrostraba, todos y cada uno de sus días, que esos amores de subida cobraban ese nombre póstumamente y que solamente el que encontraba encontraba; no había formulas efectivas, ni puertas preestablecidas, así que decidió entrar al mundo por la ventana, o por el teléfono en este caso) Hupert, Isabel, era la elegida esa vez; le sonaba, vagamente, quizá ya la hubiese llamado; tenía la descorazonadora sensación de haber marcado todos los números del planeta, qué haría cuando se acabaran, cuando no quedara ni uno (debió pensar primero en ir tachándolos, ahora era tarde), continuaba sin esperanzas, por la inercia de una tristeza que seguía, como una flecha declinante, la segunda mitad de su trayecto. El dedo marcó los guarismos tras los que se escondía el ignoto ser, sonó tres, cuatro, cinco veces y atendió el contestador; la voz de la mujer era muy hermosa, cantarina, algo gutural, con un dejo extranjero, como si se tratara de una lengua aprendida tardíamente. Ya otras veces se había topado con un contestador, pero había limitado su participación a guardar silencio, dentro de la grabación, o a pedir disculpas, pero nunca había soltado su remanido speech. Sería la voz de la tal Isabel, su extranjería, vaya uno a saber, pero esa vez decidió decir lo suyo, dejar un registro de su tristeza en la requebradas notas de una voz infinitamente conmovida: Estoy triste, Isabel, infinitamente triste, y te necesito.

Cuando cortó estaba llorando, con puchero y todo, como cuando era chico; sabía que su mal era incurable, lo único que siempre había funcionado, como una tregua, era marear a la tristeza, distraerla, hacerla girar como al gallito ciego, desorientarla y aprovechar sus traspiés, reírse de ella, de ese interregno de felicidad.

Bebió lo que quedaba de agua en el vaso, Agua, dijo al final y miró el vidrio sucio a trasluz, Agua, y era extraño, como la sed, necesitarla. Lo sobresaltó la incursión del teléfono sonando, las primeras notas destempladas eran siempre un anticlímax, la daga de lo inesperado punzando el corazón, esa bola de sangre.

Atendió temblando, tragó saliva y preguntó lo que tenía que preguntar, temiendo y rogando que fuera Isabel, su bellísima voz. Estoy triste-dijo otra voz-enferma de tristeza, casi muerta- el corazón se le hinchaba hacia arriba, le dolía como un chichón; no fue piedad por la desconocida lo que sintió, ni nada, ni siquiera el más mínimo cariz de empatía o compasión, qué se jodiera, pensó, para triste estoy yo, la suya debía ser una tristeza de morondanga. No vive más acá, equivocado, se murió. Fue lo que dijo, eso y no otra cosa; cortó antes de tener que escuchar las disculpas o lo que fuera. Le dio bronca que alguien estuviese usando su procedimiento y aun su latiguillo lastimero. Se cubrió los ojos, todos estamos tristes, dijo, y se zambulló otra vez en las turbulentas aguas amarillas.

lunes, 12 de diciembre de 2011

BALDÍO


Otra vez ese olor, otra vez alguna de esas criaturas erigidas por casi todas las atractivas pestilencias del mundo más allá de la tapia, habrá traspuesto los límites de su zona de influencia, entrado en esta selva y dejado su mierda entre los pastos altos.

No es extraño que no se despertara con todo el ruido que debió haber hecho el intruso, se estaba volviendo un tigre viejo, y sus sentidos ya no eran los de antes. Sus dominios eran acotados, pero relativamente seguros, dotados de una espesura que lo había mantenido a salvo hasta entonces. Alguna que otra vez una avanzada de cachorros de la especie que gobierna afuera, lo descubrió, durante una incursión, en lo alto de la higuera que ocupa el centro del baldío, mientras comía esas dulcísimas anémonas coronadas por la miel cronométrica de la perfecta sazón, lo cagaron a piedrazos, gritándole con fiereza; logró escapar sólo gracias a la fuerza y elasticidad, casi aérea, de sus miembros, saltó hacia las endebles y deprimidas ramas del parco ceibo, describiendo una hipérbola desprolija, y usándolas como catapulta para alcanzar el laurel, siempre más alto, más oscuro, más impenetrable que el resto y merced a los estallidos de las piedras contra sus hojas quebradizas, más fragante también, para conquistar un árbol finito, distante y sin nombre de la otra punta, al que, a menos que fueran brujos, les sería imposible llegar.

Hay una criatura con mucho pelo en la cara que salta la tapia bastante seguido, cada una semana, pongamos, y se coloca un pequeño y controlado incendio en la boca, él mismo se ocupa de encenderlo, y el tigre huele ese humo resinoso y perfumado que le recuerda, con equívoca nostalgia, los años que vivió, antes de encontrar este vergel, entre esas sucias entidades capaces de casi cualquier cosa (y me está sobrando un casi); la criatura barbada en cuestión, terminado que ha de aspirar su incendio, toma con delicadeza unas cinco o seis hojas del laurel y regresa por donde vino, con agilidad inusual y un ánimo mejor. Los dominios del tigre tienen un efecto mágico sobre él.

Se aleja del olor, tiene caminos prefijados, senderitos de rama en rama, del laurel al ceibo, del ceibo a la higuera, de la higuera al fresno y del fresno al paraíso viejo y lleno de flores blancas con rayitas violeta que se caen de pasarles cerca nomás. Su perfume tiene algo de sabio, de inteligente al menos (si se me permite el ex abrupto) y mitiga, como esperaba, el escatol que erosiona el aire como la vibración de un panal.

Se adormece, el ruido de las máquinas, afuera, sería simplemente somnífero, si no fuera por los bocinazos extemporáneos que producen en su corazón pequeños y acollarados infartos de miocardio.

Siente hambre, es un sentimiento que lo asalta con la violencia del látigo de un beluario chasqueando junto a su oreja o tocándola directamente; al abrir los ojos ve a su objetivo de unos meses a esta parte: un cardenal pertinaz que, una vez al día, o día por medio, consigue escapar de sus intentos de mandárselo. A veces ve nada más que la mancha roja a través de la enramada, y cuando llega, lo sigiloso que su apetito le permite, al lugar que había calculado, sólo resulta la flor del ceibo, colocada, como a propósito, de determinada manera; se repetirá muchas veces más esto, en tanto no escarmienta; otra veces se acerca sin fe ninguna , para sacarse la dudad nada más y la flor resulta ser el copete nervioso y carmesí del cardenal en cuestión, que aprovecha la hesitación para, ligero, volar de ahí.

Tiene hambre, sus sentidos se aguzan, los ojos cazan polillas como alfileres; el pájaro ha sido imprudente esta vez, está regalado en una rama del fresno, tomándose un descanso en lo más áspero de la tarde, cuando el calor aprieta y escoge con un dedo prototipos alados para ir bajándolos del cielo, plantándolos aquí y allá, sobre el césped como un tributo para las multitudinarias colonias de hormigas, que de esta forma no roerán el sol ni se lo llevarán, de a cachitos, al interior de la tierra.

Lo observa incrédulo, con las ranuras de los ojos fijas en él, como si pretendiera hechizarlo: muchas veces ha corroborado ese poder, algo mermado en él por la bizquera y la edad, pájaros fascinados dejándose simplemente tomar, ofreciendo el sacrificio de su existencia, encantados, al maravilloso cazador que fuera.

Sin preparar las patas ni nada, olvidando los rudimentos básicos que dicta su amplia experiencia en la materia, sale impulsado por el mero resorte de la oportunidad, oh, desperdiciada nuevamente. Equivoca la rama de propulsión y no alcanza a tomarse de nada, cae simplemente, sobre una piedra cae; al mismo tiempo el cardenal decide que está bien de holganza por el momento y emprende una retirada que su habilidad hace parecer de una simpleza extensiva a todas las conformaciones biológicas de la naturaleza, hasta el polen puede, hasta las moscas vuelan, casi se hace solo en su caso, como coser y cantar, es humillante para un tigre viejo, herido sobre la puntiaguda piedra, ver su despegue, su soltarse casi del árbol y caer hacia arriba como un fruto antigravitacional, y sobre su paralizado cuerpo yacente la proyección correspondiente al recorte oscuro de su sombra, ver.

Se aduerme, cuánto tiempo habrá pasado, un sonido animal lo despierta, tiene la boca seca, desearía sólo, algo tan fácil de realizar hasta hace un momento, ir al riacho del fondo, la pérdida permanente de agua junto al muro enmohecido y tapizado de helechos pequeños y en general espiralados, en sus puntas, y beber hasta vomitar. Cuando sus ojos se desnublan ve a esas dos criaturas de cuerpos hiperblancos, casi transparentes, como las termitas de los troncos podridos que él conoce de sobra, cogiendo de una forma aparatosa, inarmónica, deseperada, torpe, muy de su especie, como si tuvieran un acceso conjunto de epilepsia; se muerden, rugen como oseznos, se dañan; y aun así nada los detiene: cogen sobre latas oxidadas, sobre pedazos de vidrios de botellas que llueven a diario del otro lado: entre ambos parecen levantar, con la fuerza de su lubricidad, la pesada, negra y grave roca del placer cerebral, que sólo se alcanza en la cumbre, para después, dejarse caer como los pájaros-cadáver sobre el más verde pastizal que imaginarse pueda, apenas cenicientos por el reingreso a la atmósfera, galvanizados, con la blanda y estólida sonrisa aun en la boca, como residuo de una felicidad acaso breve, pero que continuaría valiendo la pena aunque atrajera sobre sus pecaminosos cuerpos, esos pecios cósmicos, la muerte irrenunciable y última que hiberna en algún lugar de sus mentes, resaltando como perlas.

El tigre se acuerda de los otros tigres que solían abordarlo, y de las primeras lechigadas, esos cachorros achispados jugando con sus orejas todo el tiempo, cazando según sus enseñanzas, trepando la tapia, yéndose, recuerda también, aunque preferiría no hacerlo, esa camada que debió sacrificar con el filo siempre nuevo de sus zarpas, porque los intrusos los habían mancillado con su hedor acariciándolos.

Qué seca está su boca, qué seca, bebería su almizclado orín, nunca experimentó algo semejante, pero tampoco había muerto nunca antes, era nuevo, era.

Las criaturas se pusieron sus sobrepieles de colores, se sacudieron entre sí de hojas secas y bichosbolita, se arreglaron las guedejas desmarañadas, y descubrieron el cuerpo del gato con el espinazo roto; el ojo abierto y húmedo del animal agonizante parecía contenerlos, a ellos y al mundo; la hembra dijo algo imposible de entender, el macho comenzó a mirar el suelo alrededor, buscar una cosa, dio unos pasos y volvió con algo en la mano, una piedra cúbica, un viejo y mohoso adoquín sacrificial.

domingo, 11 de diciembre de 2011

NADIE LEÍA MIS CUENTOS


Ya nadie leía mis cuentos, los escribía casi por una rara inercia que venía de las oscuras corrientes de un pasado más o menos remoto; yo era su actualización constante, la forma de su movimiento. Por eso no me preocupó el asunto del pájaro azul de Prusia que se paró en cada ventana la noche que pasé en vela, sentado en el puente que cruza la avenida, viendo bajar la luna, girar las estrellas , pasar los satélites de telecomunicaciones , con la paciencia de quien ve abrirse una magnolia: Armate de paciencia, aconsejaba mi abuela, acercando las sillitas de observar magnolias al árbol oscuro y grande, observala, no pestañees siquiera, armate y luego desarmate con ella.

La magnolia se abría, el viento acercaba hasta nuestros hocicos la invisible cascada de limones frotados para sacarle lustre como a la Lámpara Maravillosa. Dentro de la flor, de los recortes de piel de ángel de sus pétalos de caolín, había una ahusada lamparita, cubierta de rígidos bucles de estatua, cada vez más del color del vello púbico de la hermana rubia de un compañero de colegio, a la que ví desnuda una vez, sólo una vez, y durante un segundo, por casualidad, cuando le abrí sin tocar la puerta del baño: un color que no podía separarse del tinte automático de sus iris de asombro y de pánico. Los bucles, esas agujas de crochet del centro de la flor caerían antes de que terminara el día, no podíamos dejar el sitio hasta entonces, al menos yo no podía, la abuela traía la comida al jardín de atrás, el agua (nada de perfumes de frutas exprimidas que se pusieran a lidiar en mi olfato con La Reina Magnolia, durante su gloriosa y fugaz coronación. Traía una pelela de loza para que hiciera pis mientras ella, se cubría el costado de la cara, para no ver, o giraba malhumorada la silla haciendo todo el ruido posible. Después se llevaba el recipiente, acercando disimuladamente el contenido a su nariz supersensible para averiguar si últimamente me había masturbado. Yo oía, poniéndome un poco de todos colores, el sonido del líquido semejante al cobre agitándose dentro de la pelela al tranco aparatoso de mi abuela de vuelta a la casa. La magnolia se oxidaba pronto gracias a su demasiado perfume, la quemaba como un ácido, como la cara de un hombre que había visto en un policial negro arrojarse vitriolo a sí mismo. Esos ácidos, me enseñaba mi abuela cada año, estaban destinados a llamar al Pájaro Azul de Prusia de los Cuentos a través de la atmósfera, por eso eran tan fuertes, tenían que serlo. La distancia, explicaba gesticulando lo menos posible, pero dibujando mucho, en el aire, con un dedo de cada mano, era semejante, o incluso mayor, a que si el pájaro hubiese tenido que salir de una rama de la cara Este del árbol, para, dando la vuelta al mundo, posarse en una de su cara contraria.

Esa noche del puente en que la luna era, a su manera, una magnolia que hacía soñar a los perros con ser lobos, inyectando un tumor de plata en sus cerebros ideales, torturándolos hasta que aullaban, gritaban, y se contestaban unos a otros desde sus distintos puestos en la contienda terrestre por la conquista de la misma noche de que hablo, deteniéndose apenas para escuchar los otros mensajes, por lejanos que fueran, y contestarlos correctamente, era de vital importancia no equivocarse, quién sabe qué desastres, qué inconcebibles desequilibrios habría acarreado un descuido semejante; esa noche, digo, el aire olía a la tipas que hay a patadas por dentro y por fuera de ese barrio forrado de su nieve de florcitas de papel crepé amarillo intensas, a las que el sol del día siguiente no tardaría en desteñir hasta volver casi blancas, sobre todo en los bordes de sus pétalos disueltos.

Ví al pájaro apenas azul de tan negro cruzar varias veces el cielo cundido por la luz de esa rótula fosforescente que decía, románticos adoradores del anonimato, mala suerte para los ladrones. Al otro día, más largo o más corto, todos los habitantes de la tierra ( el pájaro fue siguiendo la sombra sobre el rodamiento del planeta) escribieron un cuento; se levantaron siguiendo el impulso natural en cualesquiera escritor promedio (al menos en su caso un impulso más consuetudinariamente identificable) y en hojas A4, en frontispicios de libros polvorientos que había en sus casas, en los márgenes amarillos de los diarios viejos como pétalos de magnolias, en el revés de fotocopias, en las mismas manos, en las mesas de las cocinas, en el suelo, en el agua de lavar, con un dedo, en cualquier parte, contaron su historia, lo que trasnochados vieron, lo que creyeron ver, lo que soñaron, en otras palabras: su versión de los hechos.

Cada quien creía que su cuento era el mejor, el más verdadero, el más fiel.

El pájaro ya se había ido y no volveríamos a verlo. Todos concluyeron, y yo también, que lo habían capturado con los lazos de su caligrafía, entintada o mímica y hubo quien con una antropológica fe ciega compendió en una antología, de la que esta versión mía forma parte, la mayoría de las que pudo recolectar, que no fueron todas ni mucho menos, algunas estaban escritas en las hojas de los árboles y se volvían ilegibles con el paso de las estaciones, se mezclaban y dispersaban, otras enredadas en los cables del tendido eléctrico, como barriletes desgraciados, allí morían, o se quemaban, sin que sus dueños se dieran cuenta, en el apuro por encontrar material para encender el carbón de los asados o simplemente porque no fueron facilitados por sus autores, algunos contenían ciertos visos venéreos que perturbaban a sus escribas, o porque estos habían salido, cinco minutos, para hacer una diligencia.

Nadie leyó mi cuento, igual destino tuvieron los anteriores; aquellos que compraron la antología, ese negocio que hizo millonaria a poca gente, sólo buscaban su propio nombre en el índice y se dirigían a la página que indicaba la línea de puntos para leer a SU pájaro azul en letra de molde; el ave mecánica, artificial, fallida de los otros no tenía, para ellos, el más mínimo interés, que se ocuparan de ellas, de alimentarlas, sus dueños.

El pájaro azul de Prusia de los cuentos es mío, mío, mío, y aunque no pueda dar pruebas de ello podría jurar que se paró en la ventana de ahí, esa que ven.

sábado, 10 de diciembre de 2011

DERBY


La lluvia de caballos empezó a eso de las tres. El sol en lo alto tenía también algo de inexplicable. Escuchamos primero los tremendos estampidos de sus golpes contra los toldos y el suelo, inmediatamente la orquesta disonante de las alarmas de los autos alcanzados por esas cuadrumanas moles. Resucitamos de la penumbrosa cripta de la siesta, de su aire enrarecido por la húmeda vegetación del sueño a deshora y nos asomamos a aquel panorama que excedía, con mucho, el marco de esas dos inteligencias conjuntas, era como estar debatiéndose por mirar a través del diminuto ojo de una aguja algo que no podía ser cierto.

Pero ahí estaba, sucediendo y sucediendo: caballos reventando en huesos y carnes, sobre el adoquinado, personas, sorprendidas en medio de la calle, aplastadas como tomates a martillazos de gigante; otros se aventuraban, ex profeso, para entrar sus autos y quedaban enlatadas en sus bienes o cortadas al medio como pomelos rosados, goteando aun incrédula sangre.

Los techos que soportaron se resintieron igual seriamente, caballo sobre caballo se abombaban los tinglados frágiles como sueño de ave, de una precariedad risible para tamaña contingencia.

Nos pusimos bajo la enorme mesa de roble del comedor de diario y escuchamos y un poco vimos, caballos bochando caballos, huesos y tendones disparados como lanzas contra los cristales.

No había tiempo de considerar lo increíble. Debíamos mantener unida cada complexión, para desovillar todo luego, y resguardar a aquellos compañeros de milagro con los que conversarlo largo en la hora de los supervivientes.

Lorna lloraba y gritaba con cada demoledor impacto, ese sonido incomunicable de los huesos de algo vivo trizándose, me clavaba las uñas, que usaba largas y fuertes, en la carne, no tan firme, de la espalda. Me sorprende ahora, al contarlo, ya tan suelto de cuerpo, ya tan aparentemente a salvo, haber tenido ocasión, en medio de ese desastre, de observar, a través del generoso escote de su blusa, la maravillosa cisura entre sus pechos. Podría hablar horas de las tetas de Lorna, días enteros, pero limtaré mi entusiasmo a decir que eran de una materia cálida y fresca al mismo tiempo, que estaban dotados de un humor que les era propio, cambiante en extremo (incluso incidía esto en la nada despreciable cuestión de su tamaño), pero hacer la salvedad de que siempre, siempre fueron para mí, y han seguido siéndolo, el patrón de donde se cortaba lo que yo llamaría lo más bellos que existe en esta tierra sin dios. Eran, a su manera, más inverosímiles (y cuanto más los observaba más lo eran) que los caballos cayendo. Querría, cuánto querría, nombrar la naturaleza coriácea de sus pezones, sensibles como las apomponadas flores de las mimosas, pero he de callarlo, en honor de su memoria.

Nos quedamos dormidos, abrazados, bajo la mesa, despertamos y ya era la luz de incendio distante, atenuada, del crepúsculo sobre toda cosa; me golpeé la cabeza al sentarme, ya no se oían sirenas y los chingolitos desgranaban otra vez sus melodías genéticas, igual que después de una lluvia de agua.

Desperté a Lorna que, sobresaltada, me hincó las uñas una última vez. Miramos fuera la atrocidad de una tierra sin roturar, alfombrada de un collage de indistintos cadáveres de criaturas que un día vivieran. El cielo era de papel glacé azul, y desmentía lo que pasaba a nuestro nivel. Costó un triunfo abrir la puerta, con el marco un poco salido de escuadra y una pata larga y musculosa trabándola desde afuera.

Nos asomamos a la tarde como a una aporía; miramos largamente la vida que yo aprendería a negar con tozudez de elefante marino; sobre la cabeza de Lorna cayó una última cosa, la última de todas, algo pequeño, no supe que era hasta que rebotó de su cabeza a mis manos; agarré temeroso esa papa caliente que el cielo nos arrojaba haciendo puntería con un ojo cerrado, mientras ella se desplomaba como un pequeño manzano cubierto de flores que temblaron brevemente, sobre el costillar de un alazán de labranza que yacía en la vereda, despatarrado: el pequeño expediente aéreo, resultó ser un caballito blanco, de madera, con rueditas, muy bien pintado; tenía sangre de lo que yo más había amado en la tierra, algo rayano la demencia, en una de sus patas: Pasé un dedo por la sangre y me lo llevé a los labios como pidiendo silencio; pero el silencio era otra cosa que ya no había.

jueves, 8 de diciembre de 2011

AEROPLANO ROJO


En la vereda, lo normal: chicos jugando un veinticinco, el verdulero, rengo apostado en la puerta de su negocio de desmejorada mercadería permanente, metiéndose en lo que no le importa; otros chicos dibujando con pedazos de cemento, ladrillo o tizas de colores (en el mejor de los casos) sobre los ásperos baldosones que pelan sus rodillas, figuras o palabras que después someten a tu escrutinio presuntamente experto: Las mujeres, acaso demasiado jóvenes para recibir ese nombre, pasan de a dos o más vociferando para llamar la atención, arrastrando tras de sus escasos atavíos la limadura de ensombrecido oro de los corazones estuprosos de hombres que mezan falsos bigotes aceitados con la mirada aborregada por el insomnio instantáneo que vela sus mentes.

En otras palabras: el barrio, con sus pasajes, sus imprecisos horarios, la traslación de sus sombras como decenas de relojes de sol amontonados, sus vaivenes, sus intríngulis, y sus asesinatos en serie.

Y por el cielo de cartulina azul invariable el runrún desfasado del aeroplano rojo que abandona la maraña óptica de los tipales y emprende la travesía misteriosa y rectilínea hacia alguna parte que, esperamos, su imposible piloto conozca. Pasa casi todos los días (quizá todos los días pero algunos me encuentra lo suficientemente distraído para no notarlo) y siempre muy alto. Antes era gris sucio o algo parecido, ahora está pintado de un carmesí intenso, brillante, como un plato, destinado a llamar la atención de los adorables ociosos que abundan en las calles y que lo observan, desde sus pies de plomo, con una vaga icárea nostalgia. Rojo como un beso sin boca.

Con los chicos, aburridos o desencantados, que boyan sin propósito en este reservorio de huérfanos entre los que me cuento (la mayoría con padres) arriesgamos hipótesis y un poco cedemos a la invitación a soñar de ese cangrejo hermoso y liviano como la pluma desprendida de un guacamayo rojo: si no lo condujera nadie, si arrojara cosas que no necesitamos, o una Coca helada o juegos de mesa con las piezas ya colocadas en sus tableros, o una número cinco que rebotara lo indecible (otra vez al cielo de vuelta) o si se arrojara el piloto en paracaídas y descendiera hasta la X frente al negocio de Carmelo para comprar un buen kilo de naranjas de ombligo para comer mientras vuela, con los pies descalzos sobre el tablero de los instrumentos, cómo volvería a subir a su avión en marcha, con un cohete en la espalda, claro, con un petardo en el culo, se le ocurre a otro y todos festejamos aparatosamente tu acierto.

Cuando los chicos del barrio se ríen a mí me parece que el sol tiene más helio para quemar y brilla más fuerte sobre nuestras pieles coloradas por las primeras exposiciones después del invierno.

Pensamos construir una escalera finita y larga para esperar al aeroplano en lo alto y pararlo como a un taxi, o agarrarnos del alerón de atrás, y unos a los pies de otro, en cadena, hasta el suelo, impedir que se vaya, dejándonos cada tarde, los ojos llenos de sueños y nada más que dientes en la boca. Fingimos desentendernos antes de que su sonido se extinga, miramos, haciéndonos los tontos, los ajustados shorts de las chicas que miran sobre sus hombros y saben y comentan respecto de la vana esperanza de agarrarlas un día ya terriblemente expertas y cansadas.

Cada día parece, entonces, el reescrito capítulo inicial de la misma novela de siempre, y termina sin la certidumbre de que el viento vaya a volver a rizar las hojas de los álamos albos, o que el aeroplano rojo pervierta otra vez la ardorosa mansedumbre del aire.